viernes, 29 de enero de 2016

EL EXTRAÑO VIAJERO



La ambición de los Equipos de Nuestra Señora no es la de reunir a todos los hogares, a todos los grupos de matrimonios. Solo a los que, deseosos de llegar a una vida cristiana más perfecta y de cooperar más eficazmente a la obra de Dios en el mundo, experimentan la necesidad de una regla y desean una ayuda fraternal fuerte.

No es por tanto sorprendente que  hogares, grupos de matrimonios, después de haber entrado en el Movimiento, no se encuentren en su sitio: puede que hayan venido ignorando las obligaciones de la Carta, o por dar gusto a unos amigos, o incluso por moda, o esnobismo (¿dónde no encuentra sitio el esnobismo?).

A estos hogares extraviados en los Equipos, se les reconoce fácilmente: aplauden el Ideal de los Equipos pero son contestatarios con las obligaciones - a las que por otra parte no se pliegan, sino de mala gana. Y por tanto, cosa curiosa, a menudo se apegan a ellos. Me recuerdan aquel extraño viajero de mi compartimento, un día que iba de Aviñón a París; el revisor al constatar que tenía un billete para Marsella,  le hizo notar que estaba en situación de alejarse de ésta a 120 kilómetros por hora. Primero sorprendido, el extraño viajero, pronto resignado,  se contenta con responder: “Después de todo, tanto peor”.

Cuando se pretende entrar en los Equipos, o comenzar un nuevo curso, solo concibo que  se plantee la pregunta en estos términos: “¿Es la voluntad de Dios el que estemos en los Equipos de Nuestra Señora?”. Si la respuesta es positiva, la pertenencia a los Equipos será lúcida, firme, leal, marcada por el signo de lo sagrado. Ciertamente podrá llegarse a transgredir una obligación de la Carta por impedimento o negligencia; pero rehusar tal obligación, cuestionar tal o cual punto de la Carta,  no es concebible.

De hecho, constato que, a propósito de los Equipos, así como en otras circunstancias (elección de una situación, concepción de un hijo, empleo del  dinero...) muchos cristianos se dejan arrastrar por los acontecimientos, la gente, la urgencia, y no se refieren a la voluntad divina. De  ahí la falta de rigor y la inconstancia de sus vidas. Y por tanto, no es cristiano, no es discípulo de Cristo mas que aquel que puede decir,  a la manera de su Maestro: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”.

Es fuerte, el  Movimiento en el que cada uno de sus miembros ha entrado en él después de haber consultado a Dios.

Es preciso que nuestros Equipos sean fuertes.  Me atrevo a creer que la Iglesia los necesita.
        
                                                                                     Henri Caffarel

Nota.- Publicada en la “Lettre mensuelle des Équipes Notre-Dame. (Xème année - Nº 1. Octobre 1956)”

1 comentario:

  1. Grande nuestro fundador Henry Caffarel. De acuerdo con todo lo que dice. Verdades como puños.Apuesto por unos Equipos fuertes.

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