A medida que nos vamos haciendo mayores nos vamos dando cuenta
que en la juventud éramos unos impacientes. Queríamos que todo se resolviera
pronto y cuando no conseguíamos algo en el acto entonces nos entraba la
depresión o la sensación de que todo iba mal.
Poco a poco hemos empezado a ir más despacio por la vida. Si
tenemos paciencia vemos que muchas cosas con el tiempo se van arreglando por sí
solas y otras quizá fue mejor que no sucedieran.
La paciencia hay que cultivarla porque no surge espontáneamente.
Quizá sea uno de los mejores frutos de la edad, tener capacidad para esperar
pacientemente que Dios venga a nosotros y nos ayude a vivir con esperanza.
Y cuando sobrevengan dudas de fe, tengamos paciencia, porque
Dios terminará acercándose a nosotros y nos hará ver claro que está ahí para
darnos la mano en las alegrías y las penas. Realmente sólo Dios basta.
Huellas
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