lunes, 7 de noviembre de 2016

EN OTOÑO



En las horas de Otoño, como que todo recobra la calma, el centro de este cosmos.

La Creación tiene un adentro, un seno en el que se alojan las mil semillas que son promesas de vida.

Todo cae al caer las hojas, mientras regresa el árbol a su seno, a su raíz. Y el hombre a su ser, a su latir secreto. Mientras hay como un derrumbe, como un desmoronamiento fuera, una luz una hoguera se enciende en el adentro.

En esta hora del Otoño, la Creación entra en un sueño y pasa horas y horas en la sombra, en la penumbra, en la oscuridad, acurrucada en el secreto abrazo de la Madre Tierra. La vida queda enterrada, sin mortaja que la disimule, y revivirá al calor de la Primavera.

La palabra es como algo fijo, como un cadáver en el diccionario y revivirá al calor del silencio.

La vida es como un silencio otoñal, todo el árbol se vuelve otoño, se vuelve silencio. Es la Tierra habitada por el silencio que alumbrará una palabra, una Primavera.

El Otoño evidencia de la muerte y evidencia de la vida. El silencio evidencia del corazón, evidencia del amor.

En el Otoño como que se apaga la vida. Pero lo que sucede es que la vida se reúne y se congrega en el seno del silencio para después renacer.

Vive la tierra el retiro de un embarazo, del silencio y de la fecundidad. En este tiempo la tierra se deja arar por la reja y se vuelve receptiva y acogedora. Es el Otoño una estación preñada de energía y de vida.

La vida es presa de su adentro, de su interioridad, de su seno.

El Otoño no es preferentemente un asunto de climatología. El Otoño es sementera, es paciencia con cierta impaciencia. Es despojo, desapego, transparencia, se caen las hojas y el bosque se vuelve transparente. Cuando se caen las palabras, cuando se detienen los deseos, cuando cesan las expectativas, el alma se vuelve transparente de la trascendencia que le habita.

El Otoño todo es adentro. La Primavera todo es afuera.

El silencio, una estación recatada, austera. La Primavera es una exhibición espectacular, es un inmenso grito de la Naturaleza.

Primero aprende a ser Otoño. Después serás Primavera.              


José Fernández MORATIEL.

domingo, 6 de noviembre de 2016

DIOS DE VIVOS



LUCAS 20, 27-38

27 Se acercaron entonces unos saduceos, de esos que niegan la resurrección, y le propusieron 28 este caso:

- Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano". 29 Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo, 31 el tercero y así hasta el séptimo se casaron con la viuda y murieron también sin dejar hijos. 32 Finalmente murió también la mujer. 33 Pues bien, esa mujer, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?

34 Jesús les respondió:

- En este mundo, los hombres y las mujeres se casan; 35 en cambio, los que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casan; 36 es que ya no pueden morir, puesto que son como ángeles, y, por haber nacido de la resurrección, son hijos de Dios. 37 Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "el Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob" (Éx 3,6). 38 Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, para él todos ellos están vivos.

En este mes de noviembre con la fiesta de todos los santos y de todos los difuntos se nos presentas dos realidades: la de la vida y la de la muerte. Todos tenemos experiencias de muertes cercanas. Esas despedidas de la vida a la Vida son, en muchas ocasiones, desgarradoras. Y, sin embargo, Jesús nos dice que es un Dios de vivos. La muerte no es tal, es una transformación en la forma de vivir. Pero, ¡cómo nos cuesta aceptarlo!

Hoy nos dice que hay resurrección: que la Vida existe, que la muerte es una transformación en la manera de ser, porque, una vez que hemos nacido, ya viviremos eternamente. Esto es fe. Esto es abandonarse a Cristo y echarse en sus manos.

¿Qué nos falta para hacerlo? Quitar el miedo. Amar. Por eso en la Vida definitiva no hay matrimonio, ni padres ni madres. Hay seres vivos en armonía completa, en unidad con el mismo Dios. Así podemos comprender, de verdad, qué es el amor y qué amor es el que nos ofrece Jesús.


Definitivamente, Dios es un Dios de vivos. ¿Es un misterio? Es lo que creemos. Es lo que nos dice el evangelio de este domingo. El siguiente video nos ayuda a pensar en ello.
  

sábado, 5 de noviembre de 2016

DESPOJADO DE JUSTIFICACIONES



Hazme ver, Señor, mis fallos y culpas,
los que no veo y los que no quiero ver.
Los stops a tu llamada,
los silencios ante la injusticia,
los talentos que no desarrollo,
la pereza de retomar tu camino,
la alergia a todo esfuerzo,
el apego a mi estatus,
el miedo a lo nuevo,
el bien que no hago,
esas diarias justificaciones…

Y, también, mis cumplidos por quedar bien,
mis ganas y manejos por ser el centro,
mis críticas ácidas que matan ilusiones,
mi desamor que justifico como falta de tiempo,
mi soberbia escondida y su falsa protección,
mis sentimientos mal encauzados que me anegan,
mis frenos a la generosidad ajena,
mis batallas oscuras y sin causa,
mi ridícula dignidad…

Hazme ver, Señor, mis fallos y culpas,
los que no veo y los que no quiero ver.
Ábreme los ojos y el corazón.
Lávame, despiértame y renuévame.


Florentino Ulibarri.

viernes, 4 de noviembre de 2016

CINCO CLAVES PARA LOGRAR UNA IGLESIA A PIE DE CALLE


El arzobispo de Zaragoza, don Vicente Jiménez Zamora, ha impartido la catequesis inaugural de la IV Peregrinación Universitaria al Pilar. Bajo el lema "Un padre cariñoso con sus hijos" (salmo 103), monseñor Jiménez Zamora ha mostrado la necesidad de ser "una Iglesia a pie de calle que practica la justicia y la misericordia". Para conseguirlo, ha facilitado a los jóvenes cinco ideas clave:

1) Acoger la misericordia de Dios para ser misericordiosos. Quien experimenta la misericordia de Dios en su vida se convierte en misericordioso con los demás, pues no puede menos que practicarla y anunciarla. La misericordia es una experiencia de nuestra relación personal y amorosa de Dios "compasivo y misericordioso", que se conmueve ante nuestras miserias, sufrimientos y pobrezas, y nos ayuda a superarlas.

2) Abrir los ojos al sufrimiento de los pobres y escuchar sus gritos. Una vez que hemos acogido la misericordia de Dios, ya podemos mirar a los pobres con los ojos de Dios y practicar con ellos la misericordia. La misericordia nos hace salir de la cárcel de nuestro egoísmo, de vivir encerrados en nuestros propios intereses y buscar lo que es bueno no sólo para mí, sino para los otros, para la comunidad en la que vivimos y cuyo presente y futuro compartimos.
Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz, porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. La misericordia comienza por abrir los ojos a la realidad, pero ésta se puede mirar y valorar de diferentes maneras. Podemos verlas desde el beneficio de las grandes empresas, los intereses del mercado, la reducción del déficit y los resultados macroeconómicos, o bien podemos leerla desde la persona, desde el número de parados, desde los desechados por el sistema, desde las rentas mínimas, desde los índices de pobreza, desde los recortes de los derechos sociales. Nosotros queremos ver la realidad desde el lado de los pobres. Queremos verla con los ojos de Dios.

3) Cultivar una espiritualidad de la ternura. En una cultura que rinde culto a los poderosos y ganadores, estamos llamados a cultivar una espiritualidad de la ternura, de atención y cuidado a los más frágiles de la tierra. Una ternura que se expresa en la acogida cálida y fraterna de nuestras comunidades y, sobre todo, en la salida a las periferias existenciales, en salir al encuentro de los que sufren y necesitan ayuda, aunque no vengan a nosotros a pedirla. El papa Francisco insiste mucho en que tenemos que ser "una Iglesia en salida".
Los cristianos apostamos por una Iglesia a pie de calle, que se preocupe de todas las personas, pero especialmente de las más vulnerables y débiles; una sociedad que se construya desde los derechos y necesidades de los pobres, no solo desde los intereses de los ricos y poderosos. De lo contrario no será una sociedad verdaderamente democrática ni ética. Esta es la revolución de la ternura a que nos invita Jesús en el Evangelio, la cultura de la ternura que nos pide el papa Francisco.

4) Practicar las obras de la misericordia y promover el desarrollo integral. Con mucha frecuencia la caridad se ha identificado con "dar": dinero, comida, ropa... Pero la caridad no consiste sobre todo en dar cosas, sino en "darse", en entregarse por y con amor. Caridad no es entregar una limosna al pobre mientras nos negamos a mirar su rostro, porque no somos capaces de darle la mano ni de mirarle a los ojos. La caridad pasa por correr el riesgo del encuentro con el humillado y vencido por la vida, y tener la valentía de acogerlo y acompañarlo en el camino de su propio desarrollo y dignidad.
Practicar las obras de misericordia corporales y espirituales no es algo pasado de moda ni obsoleto. Tan importantes son que constituyen el criterio para saber si verdaderamente somos discípulos de Cristo. No olvidemos las palabras de San Juan de la Cruz: "En el atardecer de la vida nos examinarán del amor".

5) Trabajar por la justicia y transformar las estructuras que generan pobreza. Muchas veces se ha dicho y repetido que este mundo nuestro necesita justicia. Y es cierto. Pero también, y sobre todo, necesita caridad y misericordia. La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo "mío" al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es "suyo", lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo dar al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás es, ante todo, justo con ellos.
Esta construcción de la ciudad del hombre, de una sociedad según el derecho y la justicia, está demandando la transformación de las estructuras injustas que generan pobreza y exclusión. Para ello, los obispos españoles, en la instrucción pastoral "Iglesia, servidora de los pobres", hemos propuesto nueve cauces concretos que pueden ayudarnos en el ejercicio de la misericordia:

Crear empleo. Las empresas han de ser apoyadas para que cumplan una de sus finalidades más valiosas: la creación y el mantenimiento del empleo. En los tiempos difíciles y duros para todos -como son los de las crisis económicas- no se puede abandonar a su suerte a los trabajadores pues sólo tienen sus brazos para mantenerse.
Que las Administraciones públicas, en cuanto garantes de los derechos, asuman su responsabilidad de mantener el estado social de bienestar, dotándolo de recursos suficientes.
Que la sociedad civil juegue un papel activo y comprometido en la consecución y defensa del bien común.
Que se llegue a un Pacto Social contra la pobreza aunando los esfuerzos de los poderes públicos y de la sociedad civil.
Que el mercado cumpla con su responsabilidad social a favor del bien común y no pretenda sólo sacar provecho de esta situación.
Que las personas orientemos nuestras vidas hacia actitudes de vida más austeras y modelos de consumo más sostenibles.
Que, en la medida de nuestras posibilidades, nos impliquemos también en la promoción de los más pobres y desarrollemos, en coherencia con nuestros valores, iniciativas conjuntas, trabajando en "red", con las empresas y otras instituciones; apoyando, también con los recursos eclesiales, las finanzas éticas, microcréditos y empresas de economía social.
Que la dificultad del actual momento económico no nos impida escuchar el clamor de los pueblos más pobres de la tierra y extender a ellos nuestra solidaridad y la cooperación internacional y avanzar en su desarrollo integral.
Cultivar con esmero la formación de la conciencia sociopolítica de los cristianos de modo que sean consecuentes con su fe y hagan efectivo su compromiso de colaborar en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales.


Vicente Jiménez Zamora

jueves, 3 de noviembre de 2016

LA FE




En cierta ocasión los discípulos le hacen a Jesús una petición: «Auméntanos la fe». Nosotros también necesitamos que nos aumente la fe. Nos damos cuenta que ya no nos vale la fe que tenemos desde niños. Necesitamos una fe más madura y más fuerte.

A veces nos parece que nuestra fe es recia y otras notamos que las deslealtades hacia Dios son enormes. Deben ser esas noches oscuras del alma o esos años que estamos alejados de Dios. Lo cuenta Teresa de Calcuta que pasó años sin ver a Dios. Pero quizá debemos hacer como hizo ella: seguir trabajando como le gustaría a nuestro buen Padre, porque en algún momento Dios volverá a dejarse ver.

Pero para que eso suceda no podemos olvidarnos de pedírselo a diario: Señor, auméntanos la fe. Y sobre todo que nuestra fe esté preocupada por lo esencial, que es sentir que estás en medio de nosotros, quien guía nuestros pasos y quien nos hace aumentar el amor a los demás día a día.

Y sobre todo Señor, danos una fe contagiosa que nos oriente a hacer la vida más humana y a la vez más evangélica, desde la humildad, el amor y la misericordia.

Que nuestra fe nos lleve a creer en el Dios maravilloso que a veces supone la cruz y a la vez nos ayuda a desarrollar nuestra capacidad de amar.

            Padre: AUMÉNTANOS LA FE.

Un abrazo



Huellas

miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA EMPATÍA

Muchas veces no entendemos al otro
Muchas veces discrepamos del otro
Muchas veces sufrimos por el otro
Para unas relaciones sanas hay que practicar la empatía
Para dejar de sufrir innecesariamente hay que practicar la empatía
Escucha atento el siguiente video

 

martes, 1 de noviembre de 2016

¿QUÉ SABEMOS DE NOSOTROS MISMOS?

            


Nuestra mente es un artefacto extraño capaz de plantear preguntas a las que luego no sabe responder. Que nos permite conocer cosas complejas como la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica, pero nos veda el camino para saber quiénes somos, a dónde vamos o de dónde venimos. Da la impresión de que el ser humano está mucho más capacitado para conocer el mundo que le rodea que para entender su propia esencia, lo que nos lleva a plantear la siguiente pregunta: ¿Qué sabemos de nosotros mismos?...

Y sabemos que somos unos seres singulares conscientes de su propia existencia y de la inexorabilidad de la muerte. Capaces de percibir nuestro entorno y desentrañar las pautas de funcionamiento del mundo material; de relacionarnos con otros seres que comparten nuestro mundo; de crear arte y disfrutar con él; de pensar, de hablar, de sentir amor, odio, lealtad, envidia, felicidad o angustia; de supeditar —a veces— las pasiones irracionales a nuestra voluntad... Capaces, también, de imaginar un mundo que transciende a nuestros sentidos; de ansiar la existencia de un Ser Supremo con el que encontrarnos después de la muerte...

Pero no sabemos nada más. Como decía Leibniz, no sabemos por qué existe algo y no nada; ni conocemos el objeto de este mundo, ni sabemos quién estableció las leyes físicas que determinan su funcionamiento, ni de dónde surgió la materia, ni por qué un día la materia se vio alentada por el soplo de la vida, ni por qué, miles de millones de años después, unos animales se convirtieron en seres humanos. Tampoco sabemos si este mundo en el que vivimos tiene algún sentido marcado por Alguien de quien todo depende o si todo es fruto del azar; ni qué pintamos nosotros en todo esto…

Ante esta falta de información caben varias posturas distintas. La primera consiste en afirmar que en nuestro mundo no hay más realidad que la que vemos o entendemos; que el ser humano es una simple máquina sometida a leyes físicas y controlada por unos impulsos eléctricos que produce el cerebro; que hasta los sentimientos más nobles, como el amor, la felicidad o la lealtad, pueden explicarse como meros procesos bioquímicos; que no existe una ley moral universal y que las acciones humanas son simplemente libres.

La segunda consiste en afirmar que el mundo ha sido creado por Dios, y que es Dios quien da sentido tanto al mundo en que vivimos como a nuestra propia existencia; que la persona humana está formada por un cuerpo material que va a morir, y por un alma inmortal, de naturaleza espiritual, portadora de los valores que dan sentido a la vida; que existe una Ley de Dios que coincide con la ley moral que todos llevamos impresa en nuestro interior.

Todavía existe una tercera postura que identifica a Dios con el conjunto del Cosmos. Esta postura —el panteísmo— concibe a la persona humana como parte de Dios. Dios no creó el mundo quedándose fuera; Dios es el mundo; tanto material como espiritual. Spinoza afirma que fuera de Dios no existe ninguna realidad. Hegel sostiene que “Dios toma conciencia de sí mismo en la conciencia racional de los hombres”, y añade que el ser humano encuentra la felicidad al hacerse consciente de que su propio progreso está propiciando la realización de Dios en la historia…

La pregunta por nosotros es la más importante si queremos vivir con sentido, y la fiesta de Todos los Santos es quizás una buena ocasión para preguntarnos por nuestra esencia y nuestro destino. Porque podemos tomarnos la vida en serio o pasar por ella como reses que van al matadero sin mirar a derecha o izquierda; es decir, podemos vivir ajenos al hecho mismo de la vida sobrenadándola por la superficie, y podemos zambullirnos de lleno en ella.


Miguel Ángel Munárriz Casajús