lunes, 12 de noviembre de 2012

NOS REUNIMOS PARA ORAR





El viernes pasado, día 9 de noviembre, fiesta de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, los ENSLEON nos reunimos, en la Basílica de San Isidoro, para hacer lo que muchas veces hacemos los cristianos: estar juntos para rezar. Fue en la misa conventual y solemne de las ocho de la tarde-noche.

San Isidoro, lugar de oración, de exposición permanente del Santísimo, lugar de silencio, lugar propicio para la meditación.

Las vísperas, con especial dedicación a la Virgen, Nuestra Señora de los Hogares –también era la fiesta de la Almudena- nos pusieron en sintonía y nos prepararon para participar en la eucaristía.

Allí estuvimos los equipistas, allí se pidió por ellos y especialmente por los difuntos. Porque esa era también la intención: recordar a todos nuestros difuntos, para que desde su “estado de gloria” nos echen una mano en este momento que, muchos llaman difícil, como todos, digo yo.

También se pidió por los matrimonios. Es preciso hacerlo, porque la vida en común requiere sosiego, esfuerzo, sensatez, sacrificio, cariño, compañía, oración….Y esto es necesario aprenderlo y querer hacerlo. Por eso pedimos. Por los matrimonios para que comprendan que la vida en común es un aprendizaje permanente.

Allí estuvimos los equipos del Sector de León y nuestra presencia puso más calor y color a la oración, a la eucaristía. Calor que sirvió para saludarnos y compartir anécdotas, noticias y la vida misma. Todo desde la sencillez de quienes están y se nota su presencia. Las fotografías son testimonio de ello.

domingo, 11 de noviembre de 2012

ENTREGARSE ENTERO


Para verte, Señor

Estamos en el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. El Evangelio es de Marcos 12, 38-44 y dice así:

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía:

 ¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Ésos recibirán una sentencia más rigurosa.

Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos monedas de muy poco valor. Llamando a sus discípulos, les dijo:

 Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.



Jesús, tu siempre dando la nota,

Criticando a los letrados y religiosos,

Esos que dominan la dialéctica,

Que visten bellos vestidos,

Que realizan ceremonias impresionantes,

Esos que saben rezar y mucho.

¿Quiénes son hoy los letrados?

¿Quiénes usan esas vestimentas

y hacen grandiosas celebraciones?

...//...

Y no te quedas ahí.
Vuelves a dar la nota,

A poner todo al revés,

Alabas los dos céntimos entregados por una mujer,

los dos únicos centimos que tenía, ¡qué miseria!

Entregados, además, a quienes dominan la oración.

“Esa ha echado más, porque echó de lo que necesitaba”

¿Qué me dices, Señor?

Que no basta con la limosna,

Que no vale con entregar lo que me sobra, aunque fuera mucho

Que es necesario entregarse entero,

La propia vida, que es la esencia.

¡¡Cómo me cuesta Señor!!

No puedo.

Quiero seguridad, tengo familia y un futuro…

Me quedo en silencio.

¡¡Aumenta. Señor mi fe!!

Porque no confío en TI…de esa manera.

Para no perder la esperanza

sábado, 10 de noviembre de 2012

CUANDO LLORAS

Una canción que puede servir para la meditación: cuando lloras

viernes, 9 de noviembre de 2012

SER TRANSPARENTES




aguas transparentes

A veces, me pregunto por qué es tan difícil ser transparente. Acostumbramos a creer que ser transparente es simplemente ser sincero, no engañar a los otros. Pero ser transparente es mucho más que eso. Es tener el coraje de exponerse, de ser frágil, de llorar, de hablar lo que uno siente. Ser transparente es desnudar el alma, dejar caer las máscaras, bajar las armas, destruir los inmensos y gruesos muros que nos hemos empeñado en levantar.

Ser transparente es permitir que toda nuestra dulzura aflore e incluso nos desborde. Pero, por desgracia, casi siempre, la mayoría de nosotros decide no correr ese riesgo. Preferimos la dureza de la razón a la belleza que representa toda la fragilidad humana. Preferimos el nudo en la garganta a las lágrimas que brotan de lo más profundo de nuestro ser. Preferimos perdernos en una búsqueda insana con respuestas inmediatas antes que admitir sencillamente que no sabemos, o que tenemos miedo. Y eso, a pesar de lo doloroso que es tener que construir una máscara que nos distancia cada vez más de quien realmente somos.

Tendemos a mantener una imagen que nos dé la sensación de protección. Y así nos vamos ahogando más y más en falsas palabras, en falsas actitudes, en falsos sentimientos. No porque seamos personas mentirosas. Sino porque, como hojas secas, nos perdemos de nosotros mismos y ya no sabemos dónde está nuestra dulzura, nuestro amor más intenso y no contaminado.

Con el pasar de los años, un vacío frío y oscuro nos hace percibir que ya no sabemos dar y ni pedir lo más precioso que tenemos para compartir con los otros: dulzura, compasión… y comprensión de que todos sufrimos y a veces nos sentimos solos, inmensamente tristes y lloramos bajito antes de dormir.

En un silencio que nos lleva a la nostalgia de nosotros mismos, de aquello que pulsa y grita dentro de nosotros, pero que nos cuesta mostrar incluso a aquellos que más amamos. Porque, desgraciadamente, hemos aprendido que es mejor tomar represalias, atacar, agredir, acusar, criticar y juzgar, que simplemente decir: “tú me estás hiriendo; ¿puedes parar, por favor?”.

Porque quizás hemos aprendido que decir eso es ser débil, ser tonto, ser menos que el otro. Cuando, en realidad, si dejamos que nuestra razón escuche también a nuestro corazón, podríamos evitar tanto dolor.

Ojalá consigamos no contener el llanto, ni la carcajada, no esconder tanto nuestro miedo, no desear parecer tan invencible. Ojalá consigamos no controlar tanto, ni reaccionar tanto, ni competir tanto..., sino confiar siempre.

Quizás sea necesario recordar con frecuencia que la vida es tan corta y la tarea de vivirla es tan difícil que, cuando comenzamos a aprenderla, ya es hora de partir. Sigamos en la certeza de que todo pasa. Y así consigamos dulcemente vivir, sentir, amar, ser transparentes.

Enrique Martínez Lozano

jueves, 8 de noviembre de 2012

SANDY NOS TIENE INQUIETOS






Estos días hemos visto fotos terribles del huracán que ha pasado sobre diversas islas del Caribe y sobre Estados Unidos. Las imágenes son sobrecogedoras. Pero no es lo peor las imágenes, sino las muertes que ha ocasionado, y las personas que han perdido todo.

Ayer fuimos a ver la película “Lo imposible” que trata de la historia de una familia española que vivió el tsunami de hace más de un año. Nos pareció increíble, sobre todo porque al ver cómo lo vivieron las distintas personas nos damos cuenta que las imágenes que nos llegaron no son nada para explicar el sufrimiento que allí se produjo.

Por otra parte también vemos que el sufrimiento no parece ser igual para ricos y pobres. Todos hemos estado colgados de la televisión viendo qué pasaba en Nueva York pero casi no se han visto imágenes de las islas, como las Bahamas, que sufrieron el mismo huracán y tienen muchos más muertos. Además seguramente mientras que los países ricos se recuperan enseguida, los pobres siguen sin recuperarse durante años.

Por eso hoy queremos traer una imagen de esos países pobres que sufren tantas desgracias. Recemos por ellos y si podemos colaboremos con nuestro dinero a su recuperación. Caritas les hará llegar nuestra ayuda.

Huellas

miércoles, 7 de noviembre de 2012

DECIDI HUIR




A la noche tomé la decisión. Cogería el primer barco y pondría tierra por medio a mis problemas.

En la soledad del camarote me asaltaron mis viejos fantasmas y no conseguí dormir.

Arribé a una tierra extraña, desconocida y sus calles solitarias me hablaban de ti, de tu rechazo y de tu traición.

Tardé años en darme cuenta que mis miserias y mis frustraciones me acompañarían a todos los rincones de la tierra donde pretendiera esconderme.

Decidí volver a casa. A mi

martes, 6 de noviembre de 2012

LA FE ES ENCONTRAR ESE TU QUE ES DIOS



Reflexión del Papa Benedicto XVI sobre la fe

Damos cuenta de una interesante reflexión del papa sobre la fe en este año de la fe. Corresponde a una audiencia del mes de octubre

El pasado miércoles, con el comienzo del Año de la Fe, comencé una nueva serie de catequesis sobre la fe. Hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre lo elemental: ¿Qué es la fe? ¿Tiene sentido la fe en un mundo donde la ciencia y la tecnología han abierto nuevos horizontes hasta hace poco impensables? ¿Qué significa creer hoy en día?

En efecto, en nuestro tiempo es necesaria una educación renovada en la fe, que abarque el conocimiento de sus verdades y de los acontecimientos de la salvación, pero que, en primer lugar, nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarlo, de confiar en Él, de modo que abrace toda nuestra vida.

En la actualidad, junto con tantos signos buenos, crece también en nuestro alrededor un desierto espiritual. A veces, se tiene la sensación –ante ciertos acontecimientos de los que recibimos noticias cada día– de que el mundo no se encamina hacia la construcción de una comunidad más fraterna y pacífica, las mismas ideas de progreso y bienestar muestran también sus sombras.

A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los avances de la tecnología, el hombre de hoy no parece ser verdaderamente más libre, más humano, permanecen todavía muchas formas de explotación, de manipulación, de violencia, de opresión, de injusticia.

Además, un cierto tipo de cultura ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, en aquello que es posible, a creer sólo en lo que vemos y tocamos con nuestras manos. Pero por otro lado, aumenta también el número de personas que se sienten desorientadas y que tratan de ir más allá de una visión puramente horizontal de la realidad, que están dispuestas a creer en todo y en aquello que es su contrario.

En este contexto, surgen nuevamente algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen ser a primera vista: ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Hay futuro para el hombre, para nosotros y para las generaciones futuras? ¿En qué dirección orientar las decisiones de nuestra libertad para lograr un resultado bueno y feliz ¿Qué nos espera más allá de la muerte?

De estas preguntas que no se pueden apagar, emerge cómo es que el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación, en una palabra, el conocimiento de la ciencia, si bien son importantes para la vida humana, no es suficiente.

Nosotros necesitamos no sólo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, un fundamento seguro, un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y problemas cotidianos. La fe nos dona precisamente esto: en una confiada entrega a un "Tú", que es Dios, que me da una certeza diferente, pero no menos sólida que la que proviene del cálculo exacto o de la ciencia.

La fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios, es un acto con el cual me entrego libremente a un Dios que es Padre y que me ama, es adhesión a un "Tú" que me da esperanza y confianza. Ciertamente, esta unión con Dios no carece de contenido: con ella, sabemos que Dios se ha revelado a nosotros en Cristo, que hizo ver su rostro y se acercó realmente a cada uno de nosotros.

Aún más, Dios ha revelado que su amor al hombre, a cada uno de nosotros no tiene medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre nos muestra, de la forma más luminosa, hasta dónde llega este amor, hasta darse a sí mismo hasta el sacrificio total.

Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad, para llevarla nuevamente hacia Él, para elevarla hasta que alcance su altura. La fe es creer en este amor de Dios, que nunca falla ante la maldad de los hombres, ante el mal y la muerte, sino que es capaz de transformar todas las formas de esclavitud, brindando la posibilidad de la salvación.

Tener fe, entonces, es encontrar a ese "Tú," a Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no sólo aspira a la eternidad, sino que la da; es entregarme a Dios con la actitud confiada de un niño, que sabe que todas sus dificultades y todos sus problemas están a salvo en el "tú" de la madre.

Y esta posibilidad de la salvación por medio de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. Creo que deberíamos meditar más a menudo –en nuestra vida cotidiana, caracterizada por problemas y situaciones a veces dramáticas– sobre el hecho de que creer cristianamente implica ese entregarme con confianza al sentido profundo que me sostiene –a mí y al mundo– ese sentido que no somos capaces de darnos nosotros mismos, sino que sólo podemos recibir como don, y que es el cimiento sobre el cual podemos vivir sin miedos.

Y debemos ser capaces de proclamar y anunciar esta certeza liberadora y tranquilizadora de la fe, con palabras y nuestras acciones para mostrarla con nuestra vida como cristianos.

A nuestro alrededor, sin embargo, vemos cada día que muchas personas son indiferentes o se niegan a aceptar este anuncio. Al final del Evangelio de Marcos, hoy tenemos palabras duras del Resucitado que nos dice: "El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará". (Marcos 16:16). Se perderá a sí mismo. Los invito a reflexionar sobre esto.

La confianza en la acción del Espíritu Santo, siempre nos debe empujar a predicar el Evangelio, a dar testimonio valiente de la fe; pero, además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, también existe el riesgo de rechazo del Evangelio, de no querer recibir el encuentro vital con Cristo.

San Agustín ya ponía este problema en un comentario sobre la parábola del sembrador: "Nosotros hablamos –decía– tiramos la semilla, esparcimos la semilla. Hay quienes desprecian, hay los que critican, los que se burlan. Si les tememos, no tenemos nada que sembrar y el día de la cosecha perderemos la cosecha. Así pues, venga la semilla de la buena tierra". (Discursos sobre la disciplina cristiana, 13,14: PL 40, 677-678).

El rechazo, por lo tanto, no nos debe desalentar. Como cristianos, somos testigos de este suelo fértil, nuestra fe, incluso dentro de nuestros límites, demuestra que hay buena tierra, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, paz y amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia de la Iglesia, con todos los problemas, demuestra también que existe la tierra buena, existe la semilla buena que da fruto.

Pero preguntémonos: ¿de dónde saca el hombre aquella apertura de corazón y de la mente para creer en el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, muerto y resucitado, para recibir su salvación, para que Él y su Evangelio sean la guía y la luz de la existencia?

Respuesta: podemos creer en Dios porque Él viene a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Señor resucitado, nos hace capaces de acoger el Dios vivo. La fe es, pues, ante todo un don sobrenatural, un don de Dios.

El Concilio Vaticano II afirma, cito: "para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, y son necesarios los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad" (Constitución dogmática. Dei Verbum, 5).

La base de nuestro camino de fe es el bautismo, el sacramento que nos da el Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios en Cristo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia: no se cree, sin prevenir la gracia del Espíritu; y no creemos solos, sino junto con los hermanos. A partir del Bautismo cada creyente está llamado a revivir y hacer su propia confesión de fe, junto con sus hermanos.

La fe es un don de Dios, pero también es un acto profundamente humano y libre. El Catecismo de la Iglesia Católica lo dice claramente: "Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre". (n. 154).

Es más, las implica y los exalta, en una apuesta de vida que es como un éxodo, es decir: un salir de sí mismos, de los propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos muestra su camino para con seguir la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la verdadera alegría de corazón, la paz con todos.

Creer es confiarse libremente y con alegría al plan providencial de Dios en la historia, como lo hizo el patriarca Abraham, como lo hizo María de Nazaret. La fe es, pues, un consentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su "sí" a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este "sí" transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de sentido, que la hace nueva, rica de alegría y esperanza fiable.

Queridos amigos, nuestro tiempo requiere cristianos que han sido aferrados por Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con las Sagradas Escrituras y los Sacramentos. Personas que sean casi como un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia del Dios que nos sostiene en el camino y nos abre a la vida que no tendrá fin. Gracias