Ya Jesús
en su tiempo se preguntaba por qué razón le seguían, quería saber quién
pensaban los discípulos que era Jesús. Y nosotros también nos hemos preguntado
quién es Jesús para nosotros o qué idea nos hacemos de Él.
En nuestros
últimos viajes hemos visto a muchas personas que creen en dioses diferentes y
lo hacen seriamente y creen que sus dioses son reales y están ahí. ¿Por qué
nosotros seguimos creyendo en ese Profeta de Galilea que no ha dejado ningún
escrito sino testigos.
No es
fácil responder a esta pregunta sin acudir a frases hechas aprendidas y que
recitamos como un papagayo: que si es el Mesías de Dios, que si es el misterio
de Dios vivo… Palabras, palabras, palabras…
Para
nosotros es el Dios amigo de la vida y del ser humano, un Dios que es amor
solidario y creativo hacia los más necesitados, un Dios que cura y alivia el
sufrimiento, devolviendo la dignidad a los perdidos, acogiendo a los pecadores,
un Dios que nos ama incondicionalmente.
Si, ese Dios nos gusta y en Él creemos y nos
sentimos reconfortados por sentirnos tan queridos por Él.
Soy este que va a mi lado sin yo verlo; que, a veces, voy a ver, y que, a veces, olvido. El que calla, sereno, cuando hablo, el que perdona, dulce, cuando odio, el que pasea por donde no estoy, el que quedará en pié cuando yo muera.
Es una palabra que está por todas partes
Se habla de ella desde múltiples puntos
Se invita a ella, una y otra vez.
Nunca seremos lo suficientemente misericordiosos.
Los demás nos importan.
La regla de vida nos puede invitar a la misericordia.
Venga, anda, levántate...caminamos a la Pascua.
Todos los
recaudadores y descreídos se le iban acercando para escucharlo; por eso tanto
los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo:
- Éste acoge a los descreídos y come con ellos.
Entonces les propuso Jesús esta parábola:
Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no
deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la descarriada hasta que
la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga a hombros, muy contento; al
llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: -¡Dadme la
enhorabuena! He encontrado la oveja que se me había perdido.
Os digo que lo mismo dará más alegría en el cielo un pecador
que se enmienda, que noventa y nueve justos que no sienten necesidad de
enmendarse.
Y si una mujer tiene diez monedas de plata y se le pierde
una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta
encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas para decirles:
-¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría sienten los ángeles de Dios por
un solo pecador que se enmienda.
Y añadió:
- Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre:
-Padre, dame la parte de la fortuna que me toca.
El padre les repartió los bienes.
A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo,
emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un perdido. Cuando
se lo había gastado todo, vino un hambre terrible en aquella tierra, y empezó
él a pasar necesidad. Fue entonces y buscó amparo en uno de los ciudadanos de
aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de
llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pues nadie le
daba de comer. 17 Recapacitando entonces se dijo: Cuántos jornaleros de mi
padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. 18 Voy a volver
a casa de mi padre y le voy a decir: "Padre, he ofendido a Dios y te he
ofendido a ti; 19 ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".
Entonces se puso en camino para casa de su padre. Cuando
aún estaba lejos, lo vio su padre y se conmovió; salió corriendo, se le echó al
cuello y lo cubrió de besos. 21 El hijo empezó:
- Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no
merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados:
- Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un
anillo en el dedo y sandalias en los pies; traed el ternero cebado, matadlo y
celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la
vida; estaba perdido y se le ha encontrado. Y empezaron el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de
la casa, oyó la música y la danza; llamó a uno de los mozos y le preguntó qué
pasaba. 27 Éste le contestó:
- Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el
ternero cebado por haber recobrado a su hijo sano y salvo.
Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentó
persuadirlo, pero él replicó a su padre:
- A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un
mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos; en
cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas
mujeres, matas para él el ternero cebado.
El padre le respondió:
- Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!
Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba
muerto y ha vuelto a vivir, andaba perdido y se le ha encontrado.
Hoy sobran las palabras. Basta el amor. Solo desde el amor podemos ser capaces de acercarnos a la esencia de Dios.Las parábolas del evangelio nos hablan de amor. Todo lo demás es accesorio. El Padre, el hijo menor, el hijo mayor ¿cómo me acerco a cada uno de ellos desde el amor? ¿Mi regla de vida tiene que ver con el amor? ¿Cuando hago la sentada la hago desde el amor? ¿Mi oración es un acto de amor? Es momento de revisarlo.
El video que sigue nos puede ayudar a ello, nos invita a realizar la misericordia, que es amar en cada momento. Feliz domingo.
Hoy no utilizaré metáforas ni rodeos. No hablaré de las
enfermedades espirituales, ni de enfermedades sociales. No. La enfermedad es
esa realidad que nos acaba alcanzando a todos. Es esa condición natural a la
que nuestro cuerpo tiende por el hecho de estar vivo y no ser perfecto. La
sufrimos en nosotros y la vemos en otros. La podemos negar, cambiar de nombre y
evitar en nuestras conversaciones. O la podemos afrontar y aprender de ella.
Con el tiempo he ido descubriendo algo que sólo intuía
cuando elegí medicina como profesión. Y es que la enfermedad nos sitúa en
nuestro justo lugar y saca de nosotros una de las verdades más profundas. Se
convierte en maestra. Dura y exigente, pero maestra.
Hay enfermedades banales que nos ponen apenas una piedra en
el zapato. Un pequeño susto. A veces un tratamiento crónico que no nos
condiciona mucho más. Esa piedra en el zapato se convierte casi en la
oportunidad de hacer consciente el que caminamos.
Otras veces la enfermedad, propia o ajena, nos pone ante
una realidad más seria, más grave. Nos pone frente a frente de nuestra finitud.
Echa por tierra nuestro afán de omnipotencia y fortaleza. Nos desgasta hasta
que un día nos lleva consigo o nos arrebata al ser querido.
Es ahí donde aparece, casi por milagro, la realidad más
honda. Que ni salud ni enfermedad; ni vida larga ni corta; nos quitan un ápice
de nuestra verdad más profunda: ser criaturas de Dios. Todo lo demás no añade
ni resta nada a esa dignidad y belleza fundamental. Por eso asistir a un
enfermo no es más que visitar a la otra persona en esa verdad desnuda: eres mi
hermano. Y yo no soy ni más ni menos. Puedo entonces acompañar sin verborrea ni
moralina, puedo quedarme en silencio sin compasiones doloristas, puedo hasta
bromear sin que eso sea una huida del problema. Es simplemente estar con el
otro. Visitar la persona y no la enfermedad. Ahí está el alivio más profundo.