Ya ha
terminado el sínodo de la familia y parece que no ha habido muchos cambios,
pero bueno al menos se ha hablado sobre las familias y sale un documento sobre
ese tema.
Pero por
mucho que haya sínodos sobre este tema, nosotras, las familias somos las que
tenemos que hacer ver a la Iglesia lo que somos, con qué amor nos queremos,
cómo aceptamos a nuestros hijos, sin exclusiones, y cómo en esas familias lo
que predomina es el amor.
La Iglesia
puede aprender mucho sobre nosotros y nosotros debemos aprender sobre ella,
sobre todo cuando se comporta como Madre.
Ojala el
Espíritu Santo nos ilumine a todos. El camino sigue.
En aquel tiempo, al ver Jesús el
gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos. Y él se
puso a hablar enseñándoles:
Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos
heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque
ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed
de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque
ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la
paz, porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”.
Dichosos los perseguidos por causa
de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os
insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
El evangelio nos ofrece una
forma de vivir. Hoy y siempre, las bienaventuranzas, son actitudes que están en
todas las personas, forman parte de nuestra naturaleza, porque son dones dados
por Dios. Sin embargo, muchas veces nos apartamos de ellas, las tapamos, porque
no acabamos de descubrir la verdad de la felicidad. Nuestra forma de vivir,
muchas veces, está llena de miedos y buscamos seguridades que no son tales. Cuando
descubrimos que la verdadera felicidad está en la forma de vida que nos propone
el evangelio, cambia nuestra vida. Y es entonces cuando vivimos las bienaventuranzas
con naturalidad.Quien vive así se halla conectado a la verdad, elige
ser pobre, es capaz de asumir el dolor y el llanto, busca la justicia, vive la
compasión, tiene un corazón limpio, trabaja por la paz. Y todo ello, aunque sea
perseguido, apartado, ninguneado, empujado, expulsado. Quien vive feliz asuma
las bienaventuranzas como una forma de vida que le llena y nadie puede
vencerte. Es la fe. Cuando crees de verdad lo que eres, nadie de mueve, aunque
te escupan, te encarcelen, te anulen. Nadir puede contigo. Por eso las
bienaventuranzas son la forma de vida plena. Así es el cielo. Así lo están viviendo
los que nos han precedido en esta vida. A quienes recordamos hoy, en el día de
todos los santos. Feliz domingo.
El siguiente video nos presenta
a las personas felices. ¿Te sientes tu entre ellas? Quizás nos ayude a poner en
práctica las obras de misericordia que estamos trabajando en el tema de este
curso.